En junio cruzamos Sri Lanka como quien recorre un tapiz tejido con hilos de selva, budismo, especias y sonrisas. Desde templos excavados en roca hasta playas infinitas, este viaje fue una colección viva de experiencias entre lo sagrado y lo cotidiano.

Sri Lanka no se explica. Se siente. En sus aromas, sus leyendas, sus pasos descalzos. Y al irte, te deja lleno de tierra, mar y memoria.

🪷 Dambulla: cuevas que cuentan siglos

Los templos rupestres de Dambulla son poesía tallada en piedra. Murales milenarios y budas colosales me recibieron con la serenidad que solo la penumbra de una cueva puede ofrecer. El silencio allí no intimida: te envuelve.

 

🏯 Sigiriya: la roca del león

Subir a Sigiriya fue como escalar una joya flotante en la jungla. Las vistas desde arriba son irrepetibles: selva hasta el horizonte y un pulso antiguo en cada ladrillo. Las pinturas de las doncellas celestiales aún me miran desde la piedra.

 

🎶 Kandy: espiritualidad entre danzas

Ciudad de colinas y lagos, Kandy me envolvió en su aire solemne. Visité el Templo del Diente de Buda y sentí que el ritmo de los tambores y las ofrendas era un idioma universal. Al anochecer, los bailarines tradicionales parecían narrar leyendas con los pies.

 

🚂 Ella: té, niebla y trenes

El trayecto en tren desde Kandy a Ella fue una postal en movimiento. Ventanas abiertas, té en mano, curvas imposibles entre plantaciones. En Ella, caminé por el puente de los nueve arcos y me perdí entre montes que huelen a clavo y cardamomo.

 

🐘 Tissamaharama: el rugido del safari

En Yala National Park, el jeep avanzaba como un susurro entre la maleza. Vi leopardos al acecho, elefantes cruzando charcas y cocodrilos tomando el sol como lagartos sagrados. Pero lo que más me sorprendió fue la calma del silencio entre rugido y rugido.

 

🌊 Mirissa: arena, surf y pescadores zancudos

El mar de Mirissa baila en colores turquesa y oro. Aquí aprendí a saborear el tiempo. Días de playa, noches de curry picante y atunes frescos al borde del fuego. Vi a los pescadores zancudos al amanecer: escultura viva contra el océano.

 

🐚 Negombo: el cierre perfecto

Cerca del aeropuerto, Negombo fue el adiós sereno. Canales coloniales, mercados de especias, y aún más sonrisas. Allí supe que Sri Lanka no se despide con nostalgia: te invita a volver con nuevos ojos.

 

🧂 Gastronomía y encuentro humano

Cada plato fue un mapa: kottu roti, dhal picante, pol sambol. Y cada conversación con locales —vendedores, guías, familias— me ofreció algo más que palabras: me mostraron un país que se vive desde el alma.

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