Viajar por Croacia es como sumergirse en un libro de historia con tapas de mar cristalino y aroma a pescado a la parrilla. En esta ruta por Split, Makarska y Dubrovnik, descubrí que cada rincón tiene algo que contar, algo que saborear y algo que fotografiar.
🏛️ Split: donde el Imperio Romano se toma un café
Mi viaje comenzó en Split, una ciudad que late dentro del Palacio de Diocleciano, una joya romana que hoy alberga cafés, tiendas y callejuelas llenas de vida. Pasear por sus muros es como caminar entre siglos. Subí al campanario de la catedral para ver el Adriático en todo su esplendor, y terminé el día en la Riva, con una copa de vino local y el sonido de las olas.
🌊 Makarska: el Adriático en estado puro
Makarska fue mi pausa perfecta entre historia y relax. Sus playas de guijarros y aguas turquesas son ideales para desconectar. Me alojé cerca del paseo marítimo, donde cada noche se convierte en una fiesta de sabores: calamares a la parrilla, sopas de pescado y el omnipresente rakija. También hice una escapada al Parque Natural Biokovo, donde las vistas desde el Skywalk te dejan sin aliento.
🏰 Dubrovnik: la ciudad que desafía el tiempo
Y finalmente, Dubrovnik. Entrar por la Puerta de Pile es como cruzar a otro mundo. Recorrí las murallas al atardecer, con el mar a un lado y los tejados rojizos al otro. Visité el Monasterio Franciscano, la Calle Stradun y me perdí en callejones que parecen salidos de una novela medieval. La gastronomía aquí es más refinada: probé el pasticada, un estofado dalmata que merece su propia oda.
