A veces, los viajes más breves son los que dejan huellas más profundas. En solo un par de días en Bosnia y Herzegovina, descubrí una mezcla fascinante de historia, naturaleza y emoción que no esperaba. Mi ruta: Mostar, con su puente que une más que orillas, y las cascadas de Kravica, donde el tiempo se detiene entre saltos de agua.

🌉 Mostar: el puente que sobrevivió al tiempo

Llegar a Mostar es como abrir una página de historia viva. El Stari Most, ese icónico puente otomano que se alza sobre el río Neretva, es mucho más que una postal: es símbolo de resistencia, reconstrucción y belleza. Paseé por el bazar antiguo, entre alfombras, lámparas y aromas de café bosnio servido con ritual. Visité la Casa Muslibegović, una joya de la arquitectura otomana, y me dejé llevar por el ritmo pausado de la ciudad.

La mezcla cultural es palpable: iglesias, mezquitas y sinagogas conviven en un espacio que ha aprendido a sanar. Y la comida… ¡qué descubrimiento! Probé el ćevapi con pan somun, acompañado de ajvar y una cerveza local. Sencillo, sabroso y auténtico.

💦 Kravica: un oasis escondido

A menos de una hora de Mostar, las cascadas de Kravica me regalaron un momento de paz absoluta. Rodeadas de vegetación exuberante, estas caídas de agua forman una especie de anfiteatro natural donde puedes nadar, hacer picnic o simplemente contemplar. El sonido del agua, el frescor del aire y la luz filtrada entre los árboles crean una atmósfera mágica.

Bosnia y Herzegovina me sorprendió por su autenticidad, su historia intensa y su naturaleza intacta. Aunque fue una visita breve, me fui con la sensación de haber tocado algo profundo, algo que no se olvida.

Leave a comment