Viajar a Japón en junio fue como abrir un pergamino antiguo donde cada ciudad narraba un capítulo distinto de belleza, sabor y humanidad.

De Tokio a Miyajima, una aventura entre sabores y almas

Tokio, el pulso que nunca duerme

Desde la majestuosa Torre de Tokio hasta las luces centelleantes de Shibuya, Tokio me atrapó en su constante contradicción: ultramoderna y profundamente tradicional. Me perdí en los mercados de Asakusa, me maravillé con los jardines imperiales y probé mi primera sopa miso auténtica junto a locales que conversaban con calidez y curiosidad.

 

Kyoto, el poema silente

En el bosque de bambú de Arashiyama, cada tallo me hablaba en silencio. Caminé por senderos que crujían con historia, pasé bajo decenas de torii escarlatas en Fushimi Inari, y escuché el crujir de mis pasos sobre tablones centenarios en templos como Kinkaku-ji. Aquí, el tiempo se inclina y te ofrece una reverencia.

 

Hiroshima, memoria y resiliencia

El Parque de la Paz y la Cúpula Genbaku me dejaron con el alma en pausa. Y sin embargo, encontré sonrisas en el Mercado de Okonomimura, donde saboreé uno de los mejores okonomiyakis del viaje, cocinado frente a mí por una mujer que me enseñó a decir «oishii» con convicción.

 

Miyajima, la isla encantada

El gran torii flotante de Itsukushima se alzaba como un guardián espiritual entre mareas cambiantes. En esta isla sagrada, los ciervos caminan contigo y el tiempo se ralentiza. Subí al Monte Misen y desde allí el mundo parecía al alcance de un haiku.

 

Osaka, el sabor y la risa

Capital del “kuidaore” (comer hasta caer), Osaka me hizo amigo de cada plato: takoyaki humeante, kushikatsu crujiente y ramen con alma. En Dotonbori las luces compiten con las carcajadas, y los desconocidos se convierten en cómplices de viaje.

 

 

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